Un hecho que siempre ha llamado mi atención es la conexión emocional que existe entre una madre y su hijo(a), lo que comúnmente llamamos el instinto maternal. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de conocer historias verdaderamente lamentables, de madres que han perdido a sus hijos y lo relatos coinciden en que a pesar de ignorar la muerte de su hijo(a) se encontraban en un estado anterior de ansiedad, de nerviosismo, sintieron un presentimiento de que algo estaba pasando y relatan sobre una sensación inexplicable de vacio e incertidumbre.
En mi experiencia personal y aunque se afirme que la muerte no se puede predecir, cuando se trata de una persona muy cercana y sucede, uno empieza a reflexionar sobre ciertas situaciones y comportamientos que suceden y en la cotidianidad no eran habituales. ¿Por que se tiene la sensación de que algo no esta bien?, ¿Por que cosas que nunca se habían hecho, se hacen?, ¿Por qué cosas que nunca se han dicho se dicen? son muchas preguntas a las cuales no se les puede dar respuesta y que a pesar del impacto emocional que significa la perdida de alguien cercano, uno se encuentra consciente de que antes de lo sucedido, se habían tenido una serie de avisos por llamarlo de alguna manera y a los cuales no se les puede atribuir alguna explicación lógica.
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